Juana Alicia Ruiz  Líder de las Tejedoras de sueños de Mampuján. (Foto: El Tiempo).

Entrevista: JUANA ALICIA RUIZ Y LAS TEJEDORAS DE SUEÑOS DE MAMPUJAM

La historia del grupo de mujeres ganadoras del Premio Nacional de Paz 2015, en voz de una de sus líderes Juana Alicia Ruiz. Vivencias del arte brotado desde las mismas profundidades de las heridas, que se sanan al pintarlas sobre tela.

Por Hernán Urbina Joiro

LOS PRIMEROS DIBUJOS

«La maestra de primaria le gritó a mi mamá en plena reunión de padres de familia: 'Su hija tiene un trauma, una enfermedad mental, porque se la pasa dibujando personas encueras'. 'Pero, ¿encueras, cómo?'», le preguntó mi mamá, que nunca me había visto dibujar. Luego, en la casa, mi madre me regañó y me prohibió pintar.

»Yo apenas había empezado a leer y a escribir, a los diez años, con un sobrino mío que era mayor. Pero antes había empezado a pintar tras la muerte de mi papá, embuchada de tanta tristeza que traía desde que estaba en Venezuela. Empecé a pintar sin darme cuenta. Mi mamá había vendido la casa de mi infancia en los cerros de los Montes de María. Pintaba paisajes a color y personas a blanco y negro. Pero la reacción de la maestra de primaria, en plena reunión con el resto de padres, fue sorpresiva para mí, fue decir que yo sufría un problema mental porque pintaba seres humanos».

 

Primeras figuras de juana7

Modelo de primeras figuras pintadas por Juana Alicia Ruiz
(Foto: Juana Alicia Ruiz)

Juana describe su primera infancia entre cerros siempre verdecidos, arroyos dulces, pájaros cantores y viajeros de toda clase, como los aromas y la alegría que iban y regresaban por aquellos espacios inmensos, tan parecidos a la libertad y la esperanza de la pequeña Juana.

«Allá, arriba, en el centro de los Montes de María, era donde se lograban las mejores cosechas y allá vivíamos con mi papá, que era campesino, entre pocas casitas dispersas, con once hermanos, con mi mamá y mis sobrinos, hijos de mis hermanas. Éramos muy felices, sin electricidad, ni dulces artificiales, con mucho diálogo entre todos, contándonos historias, imaginándolas, viviéndolas. No sentíamos diferencia entre los fines de semana y los otros días. El líder de las historias que se contaban era el abuelo, el papá de mi papá. A mí me gustaba mucho su historia de Clavellina, una joven campesina que soñaba con ir a la ciudad. Yo me imaginaba bella a Clavellina y a la ciudad como algo muy hermoso. Yo nací en San Pablo, como todos mis hermanos, pero me crié arriba, en los cerros de los Montes de María. Yo soy la menor».

Luego recuerda Juana que vino el tiempo en que sus hermanos crecidos empezaron a formar sus propios hogares y se empezaron a ir de la casa paterna. Su madre decidió irse a Venezuela, en donde un billete de un bolívar se cambiaba por 17 pesos colombianos.

»Mi mamá decía que quería una mejor vida. Mi papá era muy atento con nosotros, muy cariñoso; teníamos una familia bonita. Pero el sueño de muchas mujeres pobres de San Pablo, en esa época, era ese: irse a Venezuela a trabajar un tiempo para luego regresar y comprarse una casa. Ese no era el sueño de nosotros, los niños. Mi mamá dejó a cuatro de mis hermanos donde mi hermana mayor, en San Pablo y a mí, la menor, con 6 años, me llevó con ella para Venezuela. Nos fuimos con dos cajitas de cartón amarradas y los pasaportes que sacamos en Cartagena. Pero finalmente me fui feliz. Me sentía Clavellina.

»Llegamos de tarde a Caracas, a un cerro que era con puras calles de cemento y casas, totalmente distinto a los cerros verdes de los Montes de María. Era un barrio que le llamaban El Manicomio, porque allí quedaba un centro de reclusión para enfermos mentales. La casa de mi tía quedaba al lado de una quebrada maloliente. Al segundo día empecé a extrañar las tardes cuando comíamos juntos en familia, entre abundante comida servida en hojas de plátano mientras nos contábamos historias en los Montes de María. Yo no sabía que mi mamá ya tenía un empleo en una casa de familia, con salida cada 15 días.

En ese tiempo el sueño de muchas mujeres en San Pablo
era irse a trabajar a Venezuela para regresar
y comprar una casita

Sólo vi que mi mamá desapareció y me decían que se tuvo que ir a trabajar y que regresaría pronto. En esa casa de mi tía había cuatro hermanos míos mayores que no conocía, que vivían desde antes en Venezuela. Yo empecé a preguntarles por mi papá y me decían en juego: ’Él te abandonó, él no te quiere’.

»Pero yo me lo tomaba en serio. En aquella casa salí a buscar los juegos de los Montes de María y nunca los encontré. Siempre preguntaba por mi papá pero mis hermanos me repetían, aunque lo dijeran en tono de juego: ’Él te abandonó, él no te quiere’.

»En esa casa me empezaron a abusar engañándome con la historia de un pájaro que se crecía si yo lo tocaba desde un bolsillo del pantalón de un hombre, un bolsillo que estaba roto. El hombre silbaba y yo notaba que crecía lo que tocaba.

»Mi mamá decidió mudarse más arriba, a un barrio que le llamaban, precisamente, El Cerro. Yo tenía siete años. Mi mamá compró esa casita con un hermano mío y su esposa, con la que tenía dos niños. Había mucho frío en ese sector. Era una construcción sin patio. Totalmente cerrada. Lo más parecido a una prisión. Mi mamá entonces vendía aguacates en un mercado público que le llamaban El silencio y, aunque ahora pasaba más tiempo conmigo, yo vivía muy triste. Iba a un colegio, pero yo no sabía ni leer ni escribir. Mi mamá decidió llevarme con ella para el mercado y me puse a trabajar con ella. Yo regresaba del colegio y me iba enseguida al mercado.

Así transcurrió la infancia de Juana en Venezuela, desde los 6 hasta los 9 años, tres años intensamente difíciles, hasta que les avisaron que el padre estaba enfermo en Colombia.

Empecé a pintar tras la muerte de mi padre.
Apenas había empezado a leer y escribir.
Pintar era lo único que me daba paz

 

cerros caracas

Actual aspecto de los cerros de Caracas
(Foto: WordPress.com)

 

 REGRESO A COLOMBIA Y LAS PRIMERAS SANACIONES

» Mi papá quedó triste después que nos fuimos para Venezuela. Al año se enfermó de diabetes. Luego le picó un insecto en una nalga y de allí le surgió una infección muy grave que no se curaba con los remedios de la gente. Cuando mi mamá y yo regresamos, aún estaba vivo. Ambos nos pusimos muy felices por rencontrarnos. A los pocos días amaneció muerto. Fue un dolor demasiado grande porque él tenía las palabras más agradables para mí, las más cariñosas y hasta físicamente nos parecíamos mucho. Yo desee morirme con él por aquellos días. No le veía sentido a nada.

» Pero de un momento a otro, empecé a pintar con un sobrino mío, que era mayor. Yo tenía diez años. Empecé a pintar en San Pablo, sin darme cuenta, en un cuaderno a lápiz negro. Ya iba a un colegio, pero lo único que me generaba bien era dibujar.

Después del escándalo de la maestra en el colegio y el regaño de su mamá por dibujar la silueta de las personas que luego vestía con ropajes, Juana sólo pintaba paisajes verdes y su mamá lo toleró. Juana dice que aún sólo dibujando paisajes sentía felicidad, como viviendo en otro mundo, mucho mejor. Esto pareció ayudarle a sobrellevar la vida en su casa y en el colegio.

» Mi mamá compró una casa en la carretera troncal de San Pablo, donde hoy todavía vive. Yo no era feliz en esa casa. Nos habíamos quedado sin nuestro padre y poco después se marcharon del hogar dos hermanas. Era muy difícil para mí avanzar en el día a día de aquel tiempo y me enfermé de los nervios. Cursaba cuarto de bachillerato.

» El primer aviso de la enfermedad quizás fue un sueño que tuve. Soñé que un cuñado mío cortó un árbol del que empezaron a salir muchísimos gusanos y me caían encima. Desperté aterrorizada, dando gritos. En adelante no pude dormir de noche por miedo a los gusanos. No podía dormir ni aún con Dormicum, que al día siguiente me mantenía atontada. Yo era gordita y a partir de ese momento me enflaquecí porque dejé de comer. Vivía muy nerviosa. Tampoco podía ver bien. Veía borroso y casi no podía moverme por los dolores del cuerpo. Iba al colegio sin comer y cuando regresaba casi nunca había comida. Ya ni los dibujos me podían aliviar aquella vida que tenía. Dejé de pintar.

»Tiempo después de andar enferma, mi mamá me llamó aparte para decirme: 'Mira, hija. Yo me devuelvo para Venezuela. Te vas para donde tu otra hermana y recuerda que ella tiene un marido muy delica'o, que no te va a soportar lo que yo te soporto', me dijo. Yo andaba, como siempre, muy mal en el colegio, siempre con matricula condicional. A la mañana siguiente mi mamá se fue para Venezuela. Yo me quedé con un vacío terrible.

»Camino a la casa de mi hermana sentí que tenía que hacer el esfuerzo de mi vida para sobrevivir. Empecé a imaginar cómo sería eso, empecé a dibujar en la mente qué sería lo mejor y así pude saberlo. Me esforcé en ayudar en todos los oficios de la vivienda de mi hermana, en mejorar todo lo que podía en el colegio. Hasta volví a pintar en papel. Las cosas empezaron a dar un giro distinto. Pasé de ser la peor de mi curso a ser la mejor del colegio. Mi hermana me premió comprándome ropa interior. Hasta entonces yo sólo tenía una pantaleta y un brasier que lavaba de noche. También me compró uniforme nuevo. Se me quitaron los mareos y los dolores y ya veía bien. Logré una paz que nunca había tenido desde que me fui a los seis años de los cerros de mi infancia en los Montes de María.

 

BARRANQUILLA Y EL ENCUENTRO PERENNE CON MAMPUJAN

»En San Pablo sólo había hasta cuarto de bachillerato y entonces hice quinto y sexto en Cartagena, con mucho esfuerzo. En las mismas condiciones logré ingresar a la Universidad del Atlántico a estudiar nutrición y dietética. Con todos aquellos nuevos retos de la Universidad, con tantas dificultades, me olvidé de pintar.

»En Barranquilla me convertí al evangelio en 1994, cuando tenía 19 años, y con motivo de un encuentro de jóvenes evangelistas fui por primera vez a Mampuján en el año de 1995. Mampuján quedaba a media hora en bus de San Pablo. No lo conocía. La mayoría de mi familia me decía que era un pueblo feo y aburrido, pero apenas llegué sentí conectarme, otra vez, con la finca de mi infancia en los cerros de los Montes de María. Enseguida reconocí que el arroyo era el mismo que bajaba de los Montes. Allí me bañe muchísimas veces con mis amigos y amigas de Mampuján. Los paisajes, como la gente, eran acogedores como los lugares de mi infancia. Los olores a carne de monte ahumada, las frutas, las aves eran las mismas de mi niñez. Esa primera vez que lo visité duramos una semana y me vine triste por dejar Mampuján. Allá conocí a Alexander. Nos enamoramos, pero no nos ennoviamos porque quería terminar primero mi carrera. Él me esperó 5 años. Yo volví cada vez que pude a Mampuján para sentirme feliz, con una felicidad auténtica.

»En marzo del año 2000 yo estaba en San Pablo. En ese tiempo no había teléfono en el pueblo. Aquel viernes 10 de marzo era día de culto de caballeros en nuestra iglesia, pero a mí me invitaban a colaborar. Yo estaba en la puerta de la iglesia a las 6 y media de la tarde cuando llegó una persona a decirnos: '¿No están escuchando lo que andan diciendo?'. 'No', le respondimos. 'Que a Mampuján se metió un grupo armado, y que a mucha gente le mocharon la cabeza y al resto le dijeron que se tenían que ir de allí'. Nosotros quedamos paralizados. Una persona dijo: 'Ellos son más creyentes que nosotros; si les pasó eso, es por algo'. Yo me indigné al oír eso.

'Cómo puedes decir eso?', le grité a esa persona. No había motos, ni carros, ni teléfonos, ninguna forma de averiguar enseguida qué había pasado en Mampuján. Nos tocó esperar, en vela, a que amaneciera.

»Yo era la más arraigada a Mampuján en mi iglesia. Al día siguiente, apenas amaneció, me fui a Mampuján en el primer cupo. El transporte siempre nos dejaba a la entraba de Mampuján, en un ramal, que había que caminar unos 7 kilómetros, si no había carro. Cuando llegué al ramal encontré mucha gente reunida. El ejército no dejaba entrar a Mampuján porque decía que era peligroso. Se veía mucha gente saliendo con sus cosas al hombro o en la cabeza y llorando. Desde las cuatro de la mañana los habían obligado a salir de Mampuján y a caminar hasta la Alcaldía de María La Baja. Yo había llegado como a las siete de la mañanita. A las once de la mañana salieron las últimas personas de Mampuján».

Se supo que las Autodefensas se habían tomado a Mampuján desde las cinco de la tarde del día anterior. Fue un bloque completo. Cerca de mil hombres armados. Casi un mes atrás, el 18 de febrero, las mismas Autodefensas habían hecho la masacre de El Salado. Cuando llegaron a Mampuján, el 10 de marzo a las 5 de la tarde, todavía había personas bañándose en el arroyo, hombres en el monte trayendo comida, mujeres cocinando. Los reunieron en la plaza de Mampuján. Sacaron a todo el mundo de sus casas. Con toda clase de insultos le dijeron que los iban a matar a todos, como en El Salado, por ser guerrilleros. Saquearon tiendas y viviendas. Violaron a algunas mujeres.

»Nos contaron que eran cerca de las once de la noche cuando estaban revisando uno por uno a todos los habitantes de Mampuján, con lista en mano, cuando entró una llamada a uno de los teléfonos con antena de los jefes de las Autodefensas, para ordenarles que no mataran a nadie, pero si desalojar el pueblo entero. Mampuján tenía entonces unas 1.400 personas. Las Autodefensas decidieron a esa hora llevarse sólo a 5 personas de Mampuján, mientras daban la orden de desalojo a todo el pueblo. Se llevaron a cinco mampujaneros, tierras arriba, para la vereda de Las Brisas. Todos los miraron como se miran a los muertos porque nadie que se llevaba las Autodefensa regresaba.

»Pero los cinco luego contaron que al llegar a Las Brisas les dijeron que esperaran afuera y desde allí oyeron los gritos y los golpes de la masacre de esa noche en Las Brisas que sólo se supo en la tarde del 11 de marzo. Los cinco lograron devolverse esa madrugada, entre ellos un pastor de nuestra iglesia. Hasta la mañana del 12 pudieron entrar las autoridades a Las Brisas y sacaron los cadáveres. Mataron a 13 hombres, algunos degollados.

 

EL ÉXODO INACABABLE DE MAMPUJÁN

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Desplazados de Mampuján en María La Baja
(Foto: Prensa Latina)

»Yo regresé muy triste a Barranquilla, a la Universidad. Me traté de concentrar en mi tesis de grado. Pero cada vez que podía, me metía por 2.000 pesos en la parte de atrás de los camiones de carga, que iban a San Pablo y a María La Baja, para ir hasta allá y saber qué había pasado con la gente desplazada de Mampuján. Ellos iban siempre peor emocionalmente y en sus condiciones de vida, incluso entre ellos había muchos enfrentamientos por la desesperación. Nunca vi antes aquello en Mampuján, donde todo era generosidad con propios y foráneos, muy dadivosos con la comida y los regalos del campo. Ahora los mampujaneros desplazados en María La Baja se peleaban entre sí por un pedazo de yuca.

» Alexander, el que me cortejaba en Mampuján, y su amigo de infancia, Gabriel, eran muy creyentes desde muy pequeños en Mampuján, y siempre andaban muy bien arregladitos en el pueblo. Ahora los veía muy descuidados. Fue un cambio atroz. La gente peleaba hasta por el curso de una zanja de agua. Yo presencié una de esas peleas por una zanja donde corrían aguas negras con gusanos y eso me recordó el sueño del árbol que al cortarlo brotó gusanos que me caían y volví a sentir toda aquella pesadumbre de esa época tan triste de mi vida.

»En esa época hubo una enorme pelea porque se supo que un hombre manoseaba a las niñas en uno de los albergues y eso me recordó mi desamparo en Venezuela y fue el día en que me pregunté, gritando al cielo: 'Qué hay que hacer'. Pero no tenía ni idea qué hacer y ninguno de los mampujaneros tampoco. Ese año se perdió todo, hasta los colegios de los muchachos. El rechazo en María La Baja llegó a un punto que cuando alguien quería ofender a otro sólo tenía que decirle: '¡Mampujanero! '.

Juana terminó sus estudios universitarios y se graduó en nutrición y dietética en diciembre del año 2000. Antes de los sucesos de marzo de ese año, tenía la meta de irse a Venezuela a hacer una especialización. Con el éxodo de sus seres queridos de Mampuján, sentía que ya no podía irse a ninguna otra parte. Que debería estar con ellos.

»Nuestra iglesia se reorganizó en María La Baja, en una casa que arrendaron Libardo y su esposa, Alexandra, quienes nos guiaban. Yo me la pasé por entonces entre San Pablo, donde vivía mi hermana, y María La Baja donde estaban mis amigos y mi comunidad evangélica. No tenía empleo. Me ennovié con Alexander el 25 de diciembre del 2000. '¿Qué hacemos?', nos dijimos él y yo al ver que la gente se había traído hasta las puertas de Mampuján para acomodarse como fuera en María La Baja. Mi familia me reclamaba por involúcrame tanto con la gente de Mampuján y porque yo no tenía trabajo. La comunidad contactó a Ricardo Esquivia, director de la Asociación Sembrando Semillas de Paz y con él se creó la Asociación para la vida digna y solidaria en María La Baja, liderada por nuestros hombres. Nosotras colaborábamos tímidamente.

Entre los desplazados
la irritabilidad y la desesperación aumentaban cada día.
No se veía una solución

 

EL NACIMIENTO DE MAMPUJAN NUEVO Y LAS TEJEDORAS DE SUEÑOS

El padre italiano, Salvador Mura, de la curia de María La Baja, le escribió en 2001 a sus amigos en Italia y, tras conseguir una donación, gestionó entre la comunidad la compra de un lote entre Mampuján Viejo y María La Baja, que se fue dividiendo en lotes y poco a poco a desarrollarse desde 2002 en un caserío pequeño, Mampuján nuevo. Mampuján viejo, quedó completamente desolado.

» Empezaron a llegar comisiones de los Estados Unidos a visitar a los desplazados en María La Baja. Pero al cabo de dos años no se veían avances. Los hombres empezaron a salirse de la Asociación. Alex y yo nos casamos en 2003. A los pocos meses, embarazada, me conseguí un puesto de maestra en el que trabajé hasta 2007, cuando Alex y yo nos fuimos a vivir en las afueras de María La Baja, muy cerca de donde surgió Mampuján nuevo. La situación seguía siendo muy difícil. Yo misma le pregunté a Ricardo Esquivia qué se podía hacer para que las mujeres desplazadas pudiéramos hacer algo desde la Asociación para la vida digna y solidaria en María La Baja. Él nos dijo: 'Sí, se puede hacer algo. Conozco a una psicóloga que está en el Salvador, se llama Teresa Geiser, es artista en telas. Puede ayudar'.

»Teresa nos enseñó a dibujar en telas. Empezamos haciendo figuras geométricas, tipo Quiltin. A pesar de que nos explicaba que esa labor era sanadora, al coser para dialogar consigo misma y con las compañeras cada diez días, muchas mujeres empezaron a desertar del grupo de cosedoras. Yo le dije a Teresa que teníamos que buscar una forma para que las mujeres desplazadas se sintieran más involucradas, que se sintieran metidas en ese trabajo, con sus vidas, con sus historias. Entonces, Teresa nos mostró fotos de algunos ejemplos en el Salvador y empezamos hacer entre todas un lienzo para contar una historia de Mampuján. Todavía había tal crispación y egoísmo por el desplazamiento que algunas le recriminaban a otras: 'Tú no puede participar en esto porque tú no eres desplazada'. Ese primer tapiz se llama: Días de llanto, que describe el desplazamiento del 10 de marzo de 2000.

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Días de llanto. Primer telar alusivo al desplazamiento de Mampujám
(Foto: Juana Alicia Ruiz)

 

»Nosotras pintábamos en papel luego cocíamos tela sobre tela como terapia con el fin de superar el trauma y aumentar la resiliencia, recordar sin rabia, sin dolor ni deseos de venganza, pensábamos en la reconciliación con los que nos habían hecho daño. Fuimos la primera sentencia de justicia y paz y la primera comunidad victima en perdonar a los postulados. Los extranjeros que iban a conocer artesanías en María La baja terminaban apreciando tapices en Mampuján Nuevo. Nosotros se los regalábamos como una forma de resistencia, de memoria.

»Teresa Geiser regresó a Estados Unidos por la enfermedad de su madre. Nosotras, las Tejedoras de sueños de Mampuján hemos salido a escuchar historias de mujeres desplazadas por los Montes de María y a pintarlas con ellas. Hemos salido a escuchar y orientar a víctimas que hacen catarsis para sanidad interior a través de coser relatos, dejando una memoria para no repetir los hechos violentos».

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Juana Alicia Ruiz recibe el
Premio Nacional de Paz en 2015.
(Foto: Archivo particular)

Los desplazados de Mampujám
fueron las primeras víctimas
del conflicto colombiano
en perdonar a los
victimarios postulados.